domingo, 29 de abril de 2012

Recortes, modelos y visiones

Ernesto Gore, profesor de las Universidades de Buenos Aires y de San Andrés, apuntaba, en el prólogo a un conocido libro y a propósito de la capacidad de aprender de las organizaciones,  que "en un contexto turbulento como el actual nadie puede sentirse fuerte por lo que es. La única fortaleza posible es la que proviene de ser capaz de responder, de poder dejar de ser lo que se es para ser lo que sea necesario"

Este debería ser el caso de los sistemas sanitarios de los países desarrollados, incluído el nuestro, suponiendo que fueran organizaciones flexibles, inteligentes y capaces de responder a los extraordinarios retos a los que se enfrentan. La respuesta a las urgencias presupuestarias, aplazan las reformas de fondo dejando para mejores momentos la definición de un modelo que, por otra parte, garantizaría a medio plazo la estabilidad del sistema y la adaptación necesaria a las nuevas demandas sociales. 

Sorpende, además, que por la vía de los ajustes (sin duda necesarios, si bien su impacto sobre la eficiencia y más especialmente sobre la equidad del sistema hubiera exigido un mayor consenso) se trate de redefinir algunos de los principios sobre los que se apoyaba el Sistema, como el de la universalidad. El impacto del "artículo 3" se apreciará más claramente en los próximos meses.

Además de la sostenibilidad económica debería preocupar la aceptación social, para lo cual se precisan reformas y nuevos modelos: empezando por redefinir nuevas reglas de juego y de gobernanza, que hagan efectivas la participación social;  un nuevo modelo de gestión pública, que analice las necesidades sociales prioritarias, que difunda información relevante, de forma transparente; una Agencia de Evaluación independiente no sólo para la evaluación de nuevas tecnologías sino también para establecer estándares de buenas prácticas.

La complejidad de la situación actual, la dificultad para predecir o planificar, la heterogeneidad y diversidad de las nuevas sociedades, hace que se adopten soluciones simples, que no son suficientes y que ahondan en la brecha entre la oferta y la demanda. La situación no es comparable a la que se presentó en los años 80: ya no se trata sólo de definir un modelo y ponerlo en marcha. Los nuevos valores, como la autonomía del paciente, la necesidad de innovar y adaptarse a los cambios, la iniciativa personal, la colaboración e integración entre diferentes (y nuevos) proveedores de servicios, la atención a los pacientes crónicos o la necesaria autonomía de los profesionales, reclaman modelos alternativos


La pregunta es si es posible avanzar en la construcción de un sistema de salud acorde a las nuevas demandas, necesidades y expectativas de la sociedad (y por lo tanto de los ciudadanos y de los profesionales) en escenarios con recursos cada vez más limitados. Quizá habría que empezar por renovar los discursos, por definir nuevas visiones.  Visiones que sustituyeran a aquellas que en los 80 ilusionaron a muchos profesionales.

De momento, queda pendiente la modernización del SNS, de la que solo tenemos noticias gracias a algunos proyectos innovadores iniciados en algunas CCAA.