miércoles, 5 de marzo de 2014

La Gestión Pública y la Historia Interminable

La gestión pública se puede visualizar desde diferentes perspectivas. Es ante todo práctica, como lo es el management del que hereda técnicas e instrumentos, pero también valores.  Al operar en organizaciones públicas es consciente de los condicionantes políticos y jurídicos y sobre todo tiene un objetivo social: su misión no es otra que mejorar el valor social. Y ello incluye tanto objetivos en salud, como educativos como el seguimiento de códigos éticos de buen gobierno a diferentes niveles.

La historia interminable, el genial libro de Michael Ende, es la historia de dos mundos: el imaginario, en el que a su vez confluyen el mundo de Fantasia y la Nada, y el real. El libro invita al lector, en este caso Bastian, a participar en la salvación del mundo de Fantasía, introduciéndose literalmente en la historia. Para descubrirse a sí mismo Bastian debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal recorrido: entre la realidad y lo fantástico existe un sutil equilibrio puesto que,  separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido.

Los gestores públicos tienen la tendencia a refugiarse en el mundo fantástico de los valores del management, precisamente para huir del mundo real de las organizaciones burocráticas, que consideran anacrónicas y rígidas, más propias de una sociedad que poco tiene que ver con la actual, en la que la complejidad, el cambio o las nuevas demandas de los ciudadanos reclaman nuevas organizaciones más abiertas y sensibles a las expectativas de los ciudadanos.

En el mundo fantástico todo tiene sentido: la calidad total, la gestión por resultados, la descentralización o la competencia para mejorar el desempeño, las fórmulas de colaboración o coparticipación con los ciudadanos organizados, la consideración del ciudadano como cliente, etc.  Son un conjunto de técnicas y de valores que tienen sentido en tanto se mantengan en el mundo imaginario. En la realidad, se ha impuesto la seguridad a la innovación, la estabilidad al cambio, la sujeción a las normas éticas o jurídicas al compromiso por los resultados y los costes. 

El único puente entre el mundo real y el imaginario  se reduce a la aplicación de instrumentos o herramientas de gestión que, despojadas de los valores propios de la nueva cultura de la gestión pública, han sido en realidad "digeridas" por la propia organización  y hasta cierto punto han ido perdiendo potencialidad  como palancas de cambio. 

Los gestores públicos se encuentran cómodos en su mundo imaginario, simplifican la realidad organizativa y al hacerlo renuncian a actuar sobre ella. Se encuentran incómodos en los nuevos escenarios de conflictos de valores (como los que representan las relaciones entre la política y la Administración, o las relaciones entre la Administración y los ciudadanos, o la relación entre el sector público y privado).  Acaban refugiándose de nuevo en su mundo, a la espera de que las nuevas TICs o la planificación estratégica actúen como bálsamo.

No es extraño que en este escenario, y sobre todo en momentos de crisis, aparezcan dos fuerzas enfrentadas: aquellas que se aferran a la realidad, conservando los privilegios y manteniendo el status quo frente aquellas que acaban sacralizando los valores de la gestión y huyen hacia adelante (permitiendo, por ejemplo, que grupos de interés acaben capturando los recursos públicos). Sería el triunfo de la Nada sobre Fantasía.

Michael Ende propuso seguir el camino inverso para comprender la realidad: de la imaginación a lo real:

Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado.



Como se comentó al principio, hay diversas perspectivas para comprender la gestión pública. Esta no es mas que una ellas.